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"Prehistoria del quehacer político"

   Por : BORIS KARLOFF
  2010-02-13 12:01:10     
 
 

“PREHISTORIA” DEL QUEHACER POLITICO

  Por "Boris Karloff"

 

  El gran mérito del teórico político, estadista y patriota florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527) fue haber descrito al Hombre tal y como es. Maquiavelo era realista. Dejó de lado las concepciones morales en sus análisis. Para él, el hombre ha sido igual siempre y las pasiones humanas inalterables. El ser humano no es ni bueno ni malo, posee vicios y virtudes repartidos. Le cupo el mérito de desenmascarar las construcciones ideológicas hipócritas. La validez y profundidad de sus juicios y análisis han contribuido a que se le considere como el padre de la ciencia política moderna.                                    

   En ocasión de una Semana Santa, hace años, leí una obra, muy amena, tanto por el contenido como por el estilo en que está escrita. Me refiero a Roma de los Césares de la autoría de Juan Eslava Galán, que trata de la vida económica, social, política y cultural del antiguo imperio. Uno de sus capítulos, dedicado a la política, me trajo a la memoria el pensamiento de Maquiavelo que he referido precedentemente, lo que a la vez me hizo evocar la cátedra del Dr. Dobal en la PUCMM, sobre historia de las ideas políticas: el Hombre siempreha sido el mismo.

  Nada mejor que un buen libro, películas o la música de su preferencia durante un largo feriado para combatir eso que Víktor Frankl denominó “neurosis del domingo”, estado de ansiedad muy común en aquellos acostumbrados a una agitada rutina que se ve interrumpida de manera abrupta.

  Veamos algunos aspectos contenidos en la referida obra, advirtiendo al lector que “cualquier similitud entre hechos o personas es pura coincidencia”, por no decir sincronicidad junguiana.

   Los mítines (contiones) estaban a la orden del día nos dice el autor, así como la compra de votos por medio de los divisores. También se divulgaban eslóganes políticos: “Vota por Fulano, el más honrado”, o “el más virtuoso”, o “el más honesto”. Otras calificaciones eran: “Hombre de pro”, “muy religioso”, “ya conocen su rectitud”, “organizará espectáculos”. Algunas veces unas siglas seguían al nombre del candidato: D.R.P. (“digno de cargos públicos”). Al menos en Roma existían consignas menos absurdas que las modernas y carentes de sentido como “El Diputado” o “Tu Síndico”, "para ganar", etc; indicio que da una idea del perfil y cualidades del aspirante al cargo.

   Antiguamente se usaban vallas publicitarias, y por lo visto las mismas estaban a la orden del día. Algunas personas alquilaban las paredes de sus casas para que las pintaran. Por lo menos existía algún beneficio para los particulares, ya que hoy las embarran sin pedir permiso, aunque justo es reconocer que algunos Ayuntamientos han tomado medidas enérgicas contra quienes abusan del espacio público y las normas sobre ornato.

   En la referida obra se describen algunos de esos murales publicitarios: “Voten por Aulio Vettio Firmo para edil, os lo solicitan Fusco y Vaccula”. Como los del partido contrario acostumbraban a estropear la propaganda a veces se añadía en letras más pequeñas alguna maldición: “Que la enfermedad se lleve al que lo borre”. Otros grafitos resultan muy llamativos: “Los borrachos noctámbulos solicitan tu voto para su compadre X”, donde X representa el nombre del político a quien se pretende desacreditar; “Lo apoyan los esclavos fugados”. Otras resultan filosóficas: “!Cuántas mentiras alimenta la ambición!”.

  Sobre las promesas electorales el autor nos dice que los “asesores de campaña” generalmente aconsejaban un programa ecléctico: “Que el Senado crea que vas a defender su autoridad; que los equites, la gente honorable y los ricos encuentren en ti la defensa de su reposo y de su paz, y que la plebe estime que no te vas a oponer a sus intereses”.

  Abrazar a viejos y niños en los barrios populares tampoco es una práctica nueva. “A las gentes del campo y de los pueblos les basta con que nos sepamos su nombre para creerse que son amigos nuestros...No descuides los banquetes que has de organizar en tu casa o en las de tus amigos e invita a gente de todos los barrios, procurando que estén representadas todas las tribus”. Por lo visto Roma nos legó mucho más que su sistema jurídico.

   Los candidatos (candidati), así llamados porque solían lucir una toga blanqueada con tiza, hacían su gira electoral (ambitus), de donde proviene la palabra “Ambición”, en plazas, mercados y lugares muy concurridos, donde hablaban con todo el mundo y fingían  estar interesados en los problemas de la ciudad, procurando cazar el voto. Entre el séquito que los acompañaban  (lo que aquí llamamos lambones) se destacaba el nomenclator cuyo oficio era conocer por su nombre o apodo a los posibles votantes y anotárselos al candidato para que pudiera saludar a cada cual familiarmente.

   El día de las elecciones el Secretario (Centurio) organizaba el acto auxiliado por un administrativo (rogator) que iba pasando lista para que cada cual emitiera su voto. Cuando el Centurio identificaba al votante lo dejaba pasar con su tablilla a una tarima de madera (ponte), donde, bien a la vista de todos, se encontraba la urna (cista), custodiada por varios custodes.

   La votación era lenta y como los ricos votaban primero, luego que obtuvieran la previsible mayoría alguien armaba un lío y se suspendía la votación, quedándose los pobres sin votar. Si a uno le daba un ataque de epilepsia, el llamado “mal comicial”, que era aviso de los dioses, también se suspendía el proceso.

   Otras causas más terrenales aplazaban, suspendían o anulaban la votación. Nuestro autor señala como las más frecuentes que alguien se robara la urna, que golpearan a algún candidato, falsificación de papeletas o manipulación del recuento, que votaran personas que no estaban censadas, etc. Acontecimientos como “El Granadazo” y “El Juntazo” tienen sus raíces históricas en Roma pero con la agravante de que se han producido en un período histórico en el que se presume que existe un mayor grado de civilización.

   La mejor campaña por la Sindicatura es “no hacerla” dijo cierto humorista, habida cuenta de la inmensa cantidad de afiches, vallas y papeles con que se ensucia la ciudad. Luego de leer esta obra tenemos que dar crédito al padre de la ciencia política moderna: el Hombre siempre ha sido el mismo, mitad ángel, mitad demonio, o uno de éstos en mayor proporción Nihil novum sub sole.